
La introducción de mi Defensa Oral en las oposiciones de Educación
Recuerdo perfectamente el silencio antes de empezar mi defensa.
Ese momento en el que sabes que todo empieza ahí. Que aún no has dicho nada, pero alguien tiene que romper el silencio.
No empecé con mi nombre. Ni con la normativa. Ni con la típica frase correcta y esperable. Tenía en mente una frase de La Salle:
“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas…”
Y casi sin pensarlo, el tribunal respondió:
“Pueden cambiar el mundo.”
Sonreí. Ellos también.
En ese instante entendí algo que no aparece en ningún criterio de evaluación: cuando logras que el tribunal participe, aunque sea mentalmente, ya no estás haciendo un examen. Estás generando conversación. Y eso me hizo sentir más capaz, más cómoda para explicar lo que traía.
Después hablé de algo muy sencillo. De cómo a veces nos sentimos pequeños como docentes. De la falta de recursos. Del cansancio. De la sensación de que siempre hay más dificultades que manos. Vi alguna cabeza asentir. Generé empatía. Porque al fin y al cabo, ese tribunal es docente con traje de juez ese día.
Y entonces empecé a desarrollar lo que realmente sostenía mi programación, respondiendo a preguntas como estas:
¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué elegí ser profesora?
¿Cuál es mi sueño educativo?
No eran preguntas retóricas. Eran el origen. El porqué de mi Programación.
Les conté cuál era mi sueño. Les hablé de la realidad social que rodea a mi alumnado, de lo que creo que necesitan para vivir con criterio, con herramientas, con capacidad de decidir. Les expliqué que esa programación no era un documento administrativo: era el camino que había diseñado para acercarme a ese propósito.
En ningún momento sentí que estuviera “defendiendo” algo. Estaba explicando por qué tenía sentido.
Con el tiempo he entendido que la introducción, tanto en la PD escrita como en la defensa oral, no es un trámite formal. Es el lugar donde muestras tu identidad docente. Donde dejas claro que detrás de las unidades, de los criterios y de los instrumentos de evaluación, hay una persona que sabe lo que quiere construir en su aula.
No hace falta una frase impactante. No hace falta teatralidad. Hace falta verdad.
Cuando alguien empieza diciendo únicamente lo que la ley exige, el tribunal escucha información. Cuando alguien empieza compartiendo qué tipo de docente quiere ser, escucha intención. Escucha una historia. Y ¿a quién no le interesa una historia?
Eso cambia la forma de escuchar todo lo demás.
Hay muchas maneras de hacerlo: con una pregunta, con una pequeña historia de aula, con una imagen que acompañe toda la programación. La forma puede variar. Lo que no debería faltar es el para qué.
Porque una buena introducción no intenta impresionar. Intenta situar. Explica desde dónde hablas y hacia dónde quieres llevar a tu alumnado.
El resto —metodología, evaluación, atención a la diversidad— cobra sentido después. Porque todo es un medio para un fin.
Aquel día entendí que la introducción no sirve para cumplir un apartado. Sirve para recordar, en voz alta, por qué decidimos dedicarnos a educar.
Y cuando eso lo tenemos claro, no transmitimos solo conocimientos, sino también pasión y vocación. Y eso es, precisamente, lo que más necesitan nuestras aulas.


